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Jerusalem, año 33

 

Mi nombre es Judas en el futuro me llamarán Judas Iscariote, un nombre que aborrecerán, juzgando sin conocer su significado ni motivaciones, para mi, Iscariote no tiene ningún sentido, es una malformación de lo que soy, “sicariot” o sea sicario, me llaman  asesino, y soy un patriota.

Hace ya años que estos malditos romanos invadieron mi país, apropiándose de lo que quisieron y sometiéndonos su yugo, imponiéndonos sus falsos dioses, blasfemando del nuestro, el único dios verdadero.

De bien pequeño he vivido cosas espantosas, he visto azotar a mi padre, hasta dejarlo lisiado, en plena vía pública, por negarse a llevar el equipaje de dos soldados romanos, cuando mi madre salió en su auxilio, la patearon, le escupieron, la insultaron, se rieron,  en mi fuero interno fui acumulando odio, rencor, por eso me alisté en este grupo secreto, el único que de verdad planta cara al enemigo, aunque después se venguen con el pueblo, toda revolución necesita mártires, lo dice Eleazar, nuestro líder.

Como mis camaradas llevo un fino puñal muy bien escondido en el antebrazo para acuchillar a cualquier soldado despistado, solo hay que esperar el momento, estos romanos, en su prepotencia, a veces son muy confiados, solo hay algo que odio mas que a los romanos, los colaboradores con el invasor, a estos me da un placer especial ejecutarlos, no hay nada mas asqueroso que un colaborador, cuando me ven aparecer saben que van a morir, tiemblan, suplican, pero ya es tarde, se los envío a dios, a él le deberán dar explicaciones.

Hace tres años conocí a alguien, al maestro, durante un tiempo pensé que era el mesías, pero me equivoqué, viví una ilusión, este no es el libertador que esperábamos, el que nos iba a rescatar del yugo romano, el general victorioso, el que uniría al pueblo contra el invasor, me di cuenta aquel día, aquel nefasto día, cuando dijo: “dad al césar lo que es del césar”, lo único que merecen los romanos es la muerte, la aniquilación.

Mi decepción ha sido muy grande, mis esperanzas desvanecidas, Caifás tiene razón, este no es el mesías, este es un pacifista, alguien a quien hay que hacer callar, teniendo al pueblo a sus pies no los arenga contra los romanos, no llama a la sublevación, si su poder fuese real nos uniría y venceríamos a Roma, al mundo entero, volveríamos a ser grandes, pero con este no podemos contar, mejor que muera y así  tendremos un mártir de prestigio.

Voy a cenar con el maestro y los otros discípulos, miraré de irme rápido de la cena, tengo que ver a Caifás y me entregue lo pactado, 30 monedas de plata, una pequeña fortuna para alguien humilde como yo, como mis padres, con ese dinero podré aliviar muchas de sus penas, de sus carencias.

Se acerca la hora, debo partir, me espera una cena y después tengo que ver a mi amigo, Caifás, una recompensa me espera.

Patricio

 

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