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Allí estaban los cuatro, Rosa, Patricio, José y ella, Sylvya, estaban  emocionados, llevaban días preparándolo, la excursión al viejo caserón abandonado para hacer una sesión de ouija, ¡habían tantas leyendas sobre el lugar!, sin duda sería una noche memorable, los cuatro adoraban las experiencias fuertes, y esta sin duda, prometía.

Viniendo hacia la casa en el viejo coche de José había empezado a caer una tormenta, el camino parecía un barrizal, y la gran vegetación formaba sombras extrañas, habían hecho bromas al respecto, al final habían llegado, encendieron las linternas  e inspeccionaron el lugar, apenas cuatro muebles viejos, una escalera que subía a una estancia superior, allí habían unas habitaciones con unos restos de camas y armarios viejos en estado de abandono muy avanzado. Bajaron a la estancia inferior, rompieron un mueble, y encendieron un fuego en la chimenea, la sensación fue muy agradable, sacaron los bocadillos y las bebidas y se pusieron a charlar animadamente.

El primero en comentar, como siempre, fue Patricio, chicos, hoy va a ser algo especial, el lugar es espeluznante, y el tiempo acompaña, lo vamos a pasar de miedo de verdad, Rosa, su novia, no lo veía tan claro, no se, me da un poco de yuyu, he venido por ti, pero ya me estoy arrepintiendo, Sylvya comentó: desde luego, Rosa, las parejas las tenemos mal formadas, tu deberías estar con José, así seríais la pareja de “cagados”, José, simplemente no decía nada, en un momento había cambiado el humor, parecía abstraído, taciturno.

Llegado el momento, trazaron el pentáculo, pusieron la ouija con el puntero en medio de la misma, encendieron las velas y se sentaron en el suelo, alrededor de la tabla, pusieron un dedo cada uno encima del puntero y aquello no se movió, volvieron a hacerlo, pero antes Patricio  preguntó: ¿hay alguien aquí?, ninguna respuesta, ningún movimiento, al levantar los dedos del puntero, este se movió solo y marcó cuatro letras: hola, los cuatro quedaron atónitos, incluso a Patricio le cambió el semblante, preguntó: ¿Quién eres?, soy Griselda, ¿tienes miedo Griselda?, si, ¿Por qué?, mi papá nos va a matar esta noche, cuando vuelva a casa, ¿a quien, Griselda?, a todos.

La estancia se iluminó, la chimenea ardía, pero con troncos, el lugar estaba perfectamente amueblado y decorado, una mujer estaba con sus dos hijas, jugando con ellas, riendo, ¡Natalia! No le hagas mas cosquillas a Griselda, ya no puede mas, déjala descansar un poco, no ves que es pequeña, ¡ah!, mira, ya llega papá, la puerta se abrió y entró un hombre pelirrojo, muy fornido, con un hacha en la mano, ¿Andrés?, llegas a punto, la cena está preparada, la mujer se volvió sonriente, ¿Andrés?, ¿Qué te pasa?, el hombretón las miraba con mirada vacía, solo dijo: “Esta noche cenaremos en el infierno”, dio dos pasos y descargó un hachazo en medio de la cabeza de la mujer, le quedó una mueca de asombro mientras se desplomaba, las niñas lloraban, las miró, soltó el hacha, sacó un cuchillo y las degolló lentamente, primero a Natalia, después a Griselda, una vez consumado el acto se cortó la yugular y se desplomó sin vida.

Volvían a estar como al principio, los cuatro en la estancia, el fuego estaba ya en brasas, estaban conmocionados por lo vivido, ninguno osaba comentar nada, solo se miraban, asustados, inmóviles, incapaces de reaccionar, el primero fue Patricio; mirad chicos, propongo que cojamos el coche, nos vayamos a nuestras casas y olvidemos lo vivido, Rosa  iba a contestar algo cuando se oyeron unos pasos en el porche, fuera de la casa, la puerta se abrió, un hombre corpulento, pelirrojo, con un hacha en las manos los miró, solo pronunció unas palabras: Esta noche cenaremos en familia, en el infierno.

Patricio

 

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