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Barcelona, 10 de enero de 1634

 

Vicentito estaba en la cama, era tarde ya, no podía dormir, habían sido muchas emociones, tenía 12 años, hacía apenas una semana lo habían nombrado “cuerdecitas”, el aprendiz y ayudante oficial del verdugo,  figura típica catalana/medieval, hacía solo unas semanas, los soldados del Duque de Cardona habían capturado al bandido Joan Serra y Ferrer, apodado “Serrallonga”, lo habían capturado y lo habían condenado a la peor pena posible, la llamada “muerte cruelísima”.

Recordaba las palabras de Jacinto, el verdugo, su maestro: Recuerda Vicentito, cuando yo vaya amputando, tú ve recogiendo rápido, pues la gente está ávida de estos recuerdos, después los venderemos, mañana será para ti un día muy provechoso.

La zona estaba abarrotada, había mas barullo que el día de mercado, todo el mundo estaba expectante, puestos vendiendo todo tipo de objetos religiosos, vestidos, comida, madres con hijos pequeños, de pié, sujetándoles la cabeza y diciéndoles: quiero que mires bien lo que le pasa a quien se desvía de su camino, eso te servirá de ejemplo.

El dia era nuboso, amenazaba lluvia, bajaba la comitiva por la calle llamada Bajada de la prisión, iban, el reo, Jacinto, el verdugo, los monjes de San Benito, los funcionarios judiciales y ¡él!, ¡Vicentito!, se sentía importante, en la Plaza del Ángel leyeron la sentencia, ¡Muerte cruelísima!, un paseo de mas o menos 100 yardas, en la cual se hacían 100 paradas, flagelando y amputando varias partes del cuerpo al reo en cada una de ellas, el oficial de justicia leía y Jacinto ejecutaba, ¡primera parada, 10 latigazos!, ¡séptima parada, y latigazos y se le amputa una oreja!, ¡decimoquinta parada, diez latigazos y se le arranca un ojo! para al final, ser marcado a fuego vivo con el escudo de la ciudad y finalmente descuartizado y su cabeza clavada en una pica.

¡Cómo admiraba Vicentito a Jacinto!, ¡con que destreza manejaba el látigo!, casi parecía que podía cazar una mosca con él, su sangre fría al amputarle las orejas, la nariz, al arrancarle el ojo, veías la codicia en la cara de la gente, aunque todo el mundo esperaba el clímax , las manos, lo mas preciado del reo, para hacer el hechizo de la mano de gloria.

Estaba muy orgulloso, antes de eso nadie reparaba en él, como si no existiese, ahora salían amigos de todas partes, la señora Francisca, la tendera, ¡Vicentito!, acuérdate de mi, Damián, el herrero, ¡Vicentito!, te acuerdas de mi, ¿verdad?, hasta Sylvya, la boticaria, ¡Vicentito!, ¿podrías traerme un par de huesos para el polvo de difunto?

La primera parte había sido agotadora, había durado más de 4 horas, el ambiente olía a sangre, habíamos cargando los restos del bandolero, y habíamos ido a la calle Pou dolç, (Pozo dulce), allí montábamos nuestro tenderete, había sido un tiempo fructífero, el maestro me había dado ¡¡dos monedas de plata!!, y entre lo que me dieron Francisca, Damián y Sylvya, con lo de Jacinto, se lo había dado a mamá, estaba orgullosa de mi, lo miraba cariñosa, sonriendo,  mi Vicentito ya no es un niño, se ha convertido en un hombre de provecho, después de la muerte de papá vuelve a haber un hombre en la casa.

Patricio

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