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La palabra sincera es la forma femenina del adjetivo latín sincerus (puro, simple, no alterado por su naturaleza única), como muchas palabras ha tenido aplicaciones muy curiosas en el pasado, voy a hacer contigo un viaje al pasado para ilustrar solo un ejemplo del uso de la palabra de una forma amena, pero real,  vamos a retroceder 2000 años.

Eres un comerciante en tiempos del antiguo imperio romano, y yo tu aprendiz, esclavo queda feo, gobierna Tiberio,  te dedicas a comerciar con aceite y vino de Hispania y Grecia, y grano de Egipto, mercancías que trasladas en ánforas y tinajas, hemos hecho una ofrenda a Mercurio para que nos acompañe la fortuna y nos proteja de los engaños, ha sido un acto muy curioso, contigo aprendo muchas cosas.

Eres un buen maestro, y yo, un mal alumno, no me fijo, no escucho, ando todo el día despistado, digo que si cuando no he entendido nada y tu, en tu bondad, me azotas poco, eso si, coscorrones recibo muchos, y patadas en el trasero, también.

Tenemos las mercancías bien controladas, cada una en su ánfora correspondiente, cuando un ánfora se agrieta, le pones cera, ya no vale para los líquidos, pero si para el grano, las primeras son las sin-cera, las segundas las con-cera.

Entre las labores del día, tienes que comprar ánforas, estás agotando la última remesa que compraste, eran del valle del Guadalquivir, buena calidad y buen precio.

Estamos en el mercado, el día va bien, el trabajo se te acumula, y me envías a comprar ánforas, estoy emocionado, mi primera compra solo, ahí hay todo tipo de personajes gritando: ¡ánforas, ánforas! ¡sin cera, sin cera!.

Un puesto llama mi atención, el chico es muy simpático, dice: aprovecha el momento, las he vendido casi todas, solo me quedan seis, mira, el sello, el escudo, llévatelas todas y te hago un buen precio, después del oportuno regateo me las quedo.

Vuelvo sonriente, he hecho una buena compra, estarás satisfecho, te llamo  excitado: ¡maestro, mira!, cojo un ánfora de vino de las que llevamos y la vierto en una de las nuevas, estoy orgulloso, de repente observo aterrorizado, ¡el ánfora pierde!, lleva cera, no lo parecía, parecía sin cera, te miro a los ojos, no veo rabia, solo decepción, eso duele mas, salgo corriendo, el vendedor, aquel chico tan simpático había desaparecido, solo queda aprender la lección, esto de la cera es mas importante de lo que parecía, aparte de ofrendar a Mercurio hay que repasar mejor las ánforas, y ser como la emperatriz, mas astuta.

Patricio

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