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A Mónica no le gustaba la navidad, navidades pasadas la habían dejado un sabor muy amargo, era casi inevitable, se acercaba nochebuena y se le encogía el alma, la tristeza la invadía, no le apetecía salir, se llamaba a si misma la ermitaña temporal.

Lo que mas le atormentaba era la muerte de Manuel, su amor, lo había querido mas que a su vida y lo había perdido unas navidades, hacía ya cuatro años, y la herida seguía sangrando, el vacío la ahogaba, y su ausencia laceraba su alma

Recordaba su sonrisa cada vez que lo miraba, la ternura en sus ojos, su delicadeza, su apoyo incondicional, la entendía, respetaba sus silencios y le aportaba alegría en sus momentos de tristeza, había sido un romance, desde el primer día hasta el último, recordaba sus palabras: mira al cielo, allí esta todo escrito, si algún día te falto levanta tu vista y búscame allá, en lo alto, entre las estrellas, estaré allí, cuidando de ti, amándote para siempre.

Recordaba aquella nochebuena, estaban contentos, muy contentos, se tenían el uno al otro, no hacía falta más, ella sentada en el sofá, Manuel estirado con la cabeza apoyada en su regazo, la música que les acompañaba era de Nana Mouskouri, ella jugando con sus cabellos, de repente sin mas dejó de respirar, había fallecido como tantas veces había dicho y deseado, entre los brazos de su amor, cumpliendo así su deseo.

Era nochebuena, se había pasado todo el día llorando, no podía pensar en otra cosa, oía la música de los villancicos, la alegría en casa de los vecinos, iba a tomar algo para dormir cuando recordó las palabras: “mira al cielo”, con todo el dolor de su alma volvió a poner la música de Nana Moskouri, aquella música le removía las entrañas, el dolor era demasiado agudo, miró hacia el cielo con los ojos llenos de lágrimas y dijo: te necesito, un último beso, una última sonrisa, un último regalo que yo guarde para siempre, necesito sentirte, una última vez.

Despertó por la mañana, era navidad, se levantó, salio al comedor y se quedó perpleja, un gran paquete había ahí, en medio de la sala, lo abrió, en un maniquí, una chaqueta, algo único, en ella había como galaxia de estrellas de tiro, planetas y los dignos del zodíaco, todo primorosamente bordado, como en un sueño la palpó, la cogió, se la puso, cerró los ojos, inspiró con fuerza, sintió como el corazón se le llenaba de amor, sonrió y dijo……. Manuel.

Patricio

 

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