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Si hay algo valioso en la vida, son esos momentos de intensa felicidad que no podemos hacer nuestra del todo, ni retenerla mucho tiempo, pues tal y como somos los humanos si no fuese así posiblemente se convirtiese en rutina, necesitamos anhelar para después vivirlo en todo su apogeo y disfrutarlo en toda su magnitud.

El amor siempre es válido para poner ejemplos, imaginemos dos parejas de novios, unos se ven cada día y otros cada dos o tres meses, lógicamente, los que tardan mas en verse disfrutarán más el momento del encuentro, preocupándose muchísimo menos en recelos, o cuestiones diversas nada edificantes consideradas “normales”.

Vendrán las cabezas pensantes y nos dirán, claro, la rutina es inevitable, pues tienen cierta parte de razón, pero no toda, hay algo que tiene la segunda pareja de lo que la primera carece, los momentos interminables de estar sin el otro, aunque sepas que lo vas a ver, es igual, cuando estás con el otro el tiempo se pasa volado, y cuando no está, entonces valoras lo que aporta a tu vida, la alegría del encuentro, la tristeza de la despedida, la esperanza del reencuentro, el amor se respira y se transpira.

¿Con que carta la identificaría?, sin duda con El Mundo, los tradicionalistas dirían, y no sin falta de razón, por supuesto, es la carta de la realización, de la meta esperada, luchada, conseguida, pero hay una segunda lectura que me gusta más aunque sea mas informal, todo el día en pelotas para mi, metidos en un nido de amor, me voy a sentir como el ángel, en la gloria, como el águila, ascendiendo en felicidad y placer, como el león, el rey de la selva, y como el toro, al final, descansando como el buey, agotado de tanto movimiento.

¡Ah, queridos!, esos pequeños momentos de felicidad, si no fuese por ellos, a veces el resto no tendría demasiado sentido, dos lecturas, estas en el momento de tu realización, segunda lectura, ¡ah, canalla!, con razón se te ve tan sonriente.

Patricio

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