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La vida había sido dura para Alicia, de tener la felicidad completa a la mas absoluta desolación, Gabriel, su marido a quien amaba hasta las entrañas acababa de fallecer en un accidente de tráfico,  fruto de su amor habían nacido dos gemelas a las cual adoraba, lo único que le quedaba de motivación para seguir viviendo, en ellas desembocaba todo su amor, toda su pasión.

Recordaba una y otra vez aquel nefasto día, de camino al colegio, la llamada del trabajo, la urgencia, las niñas sabían ir solas, tenían ya 7 años, no te preocupes mamá, son solo dos calles, vete tranquila, les dio un beso a cada una, se giró para ir hacia el trabajo, oyó el frenazo del camión, el golpe, se giró, un corro de gente, gritos, sollozos, y allí las vio, tendidas en el suelo, los dos cuerpecitos, sin vida.

Habían pasado ya cuatro meses, como si solo hubiese pasado un día, el mismo dolor, se había sumido en una depresión, se había descuidado, las canas, las ojeras, el lento caminar, el abatimiento general, parecía que había envejecido 10 años en pocas semanas, había rezado para que sus hijas volviesen, el dolor, producido por el vacío era insoportable, la angustia la consumía, empezó a asomar la rabia, el odio, en su desesperación rezó al demonio, le suplicó, ya que Dios no me oye, escúchame tu.

Se encontraba fatal, los mareos, los vómitos, al final, armándose de valor fue a ver al médico, la examinó, sonrió y le dijo: felicidades señora, está usted embarazada, ¡no era posible!, no había tenido relaciones desde la muerte de Gabriel, salió desorientada, confusa, volvió a casa a encerrarse de nuevo en su burbuja.

Habían ido pasando las semanas, los meses, el embarazo empezaba a ser notorio, la gente comentaba, la miraban de reojo, ¡que malo era vivir en un pueblo!, y más en Galicia, un buen dia te despiertas y descubres que no tienes amigos.

Habían sido dos gemelas, al principio la gente seguía cuchicheando, después, cuando las niñas fueron creciendo el temor se generalizó, las niñas eran idénticas a las fallecidas, menos en la forma de mirar, una mirada poderosa en unas niñas tan pequeñas.

El doctor castro estaba desorientado, nunca había visto nada igual, era como una plaga, la gente del pueblo estaba enferma, les habían salido llagas purulentas en la lengua, pus en las encías, como si se les estuviese pudriendo la boca, todos callaban, pero sabían quienes eran las causantes, esas niñas no eran normales.

Alicia se dirigía al colegio con las niñas, el teléfono sonó, había una urgencia, miró a las niñas y fue como si una película pasase por delante de sus ojos, ¡no volvería a pasar otra vez!, las niñas la miraron y dijeron: ve tranquila, vamos al colegio, está a dos calles, iremos con cuidado, no te preocupes, ya nos mataron una vez, tranquila, ahora nuestro padre nos protege.

Patricio

 

 

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