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Era una tarde lluviosa de finales de agosto, pero era igual que lloviese, que hiciese sol o que fuese de noche, a Raquel solo le consumía un pensamiento, esa perra de Lucía le había a Miguel, su novio, sin duda llamarla perra era un insulto para los perros, ¡como la odiaba!, hasta la muerte, luchaba contra ese pensamiento, pero podía con ella, se había convertido en una obsesión.

Por un momento algo llamó su atención, un escaparate, un tapete rojo, una bola de cristal, unas cartas del tarot, otros abalorios diversos, y la vela, se quedó mirando la vela, tenía forma de cuerda enrollada, de color gris, con tres mechas, nunca había visto algo parecido, sin pensarlo dos veces entró en la tienda

Un mujer entrada en años le sonrió, pelo blanco pero distinguido, debía pasar los 60 años, pero iba vestida de forma muy moderna,  buenas tardes, ¿en que puedo ayudarte?, pues muy bien no se, he visto la vela, me ha llamado la atención y he entrado, ¡ah!, la vela, las hago yo, son para pedir deseos, ¿para pedir deseos?, si, relacionados con cosas del amor, ¿ves la forma de cuerda?, ¿no te recuerda a lazos y ataduras?, ¿solo relacionados con el amor?, bueno, en la intención se formulan los deseos, las cuerdas son mágicas desde siempre, lo que pidas lo tienes que desear con el alma, no le pareció cara, y por probar que no quede, pensó.

¿Qué hay que hacer?, preguntó, la noche que elijas, simplemente te centras en lo que vas a hacer, piensas en los motivos, pides un deseo, enciendes una mecha, y así hasta tres veces, después puedes ir a dormir tranquila, el trabajo ya está hecho.

Aquella misma noche se puso manos a la obra, pensó en Lucía, en Miguel y la invadieron todo tipo de sentimientos, Encendió la primera vela pensando ¡Que rompan!, la segunda vela pensando, ¡Que Miguel vuelva a mi!, y la tercera pensando, ¡Jodida perra!, suicídate, es lo mejor que puedes hacer.

Era ya de madrugada, Raquel se había despertado con la cabeza espesa, como si tuviese una nube en la cabeza, se levantó para ir al baño, le costaba moverse, se miró en espejo de la habitación, la imagen la desconcertó, estaba horrible, unas ojeras espantosas, pálida de la muerte, lo horrible es que la imagen del espejo hacía cosas diferentes a las que hacía ella que estaba inmóvil mirando, la imagen sonrió, cogió la vela, se transformó en una cuerda, poco a poco la fue atando a la lámpara, hizo un nudo, puso el cuello dentro y se ahorcó. Raquel notaba como le faltaba el aire, notó la presión de la cuerda, los ojos se le enrojecieron, luchaba por respirar, su cara empezó a coger un tono azulado, solo podía emitir jadeos, miradas de desesperación, y cayó sin vida.

Jimena estaba en su casa, haciendo otra vela en forma de cuerda, las hacía una a una, una oven había venido y se había llevado la última, conforme iba haciendo iba cantando una canción, la misma que le cantaba su madre cuando era pequeña, la que le enseñó el arte oculto.

Dulce y agria cuerda

Depende para que menesteres

Concede los deseos

Protégenos a mí y a mi hija

Quien nos desee el mal que desespere

Y el mal que pidió sea multiplicado.

Eran las 11 de la noche, Jimena estaba empezando a preocuparse, su hija tardaba mas de lo normal, al fin oyó como entraba la llave en la cerradura, ¿Qué Lucía?, ¿Cómo has pasado el día? Se te ve cara de felicidad, ¿Cómo es eso?, ¡Ah mamá, ¡soy tan feliz, hace días que te lo quería decir, ¡¡¡estoy enamorada!!!, ¿y como se llama el afortunado?, Miguel.

Patricio

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