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Alicia era una mujer de gran belleza, rasgos delicados, pelirroja, una nariz casi perfecta, labios carnosos, una belleza que había sabido aprovechar en su beneficio, le había servido para alcanzar muchas metas, tan bella por fuera como podrida por dentro, los escrúpulos, la conciencia, los remordimientos, la compasión, aquellas palabras no tenían ningún sentido para ella, solo eran cuestiones de personas de mente débil.

Había aceptado aquel trabajo de cuidadora, la paga era buena, la anciana encantadora, y lo que tenía la anciana mucho mas encantador, las joyas, los cuadros, y sin duda ninguna, su colección de muñecas, había que estar ciego para no darse cuenta de su valor, sin duda la vieja duraría poco, se le iba la cabeza, hablaba con las muñecas como si estuviesen vivas, cada una tenía su nombre, su personalidad, le recordaba a su madre, su belleza, el día en que se suicidó cortándose las venas, después de tanto tiempo la seguía despreciando, el mundo no era para los cobardes, si no para los audaces, para los pacientes, para los fuertes.

La vieja apenas le daba trabajo, sabía perfectamente cuando se levantaba y se acostaba, habían unos sonidos perfectamente reconocibles, su respiración, la tos, el sonido de su bastón, había tenido tiempo más que suficiente para fotografiarlo todo y enviar las fotos a Fermín, el anticuario que le pagaba mejor, ¡lo que daban de si unas noches de sexo de vez en cuando!, las noticias no podían ser mejores, después de aquello no volvería a trabajar nunca mas.

Había una pieza que la tenía desconcertada, una especie de costurero de apariencia muy antigua, Fermín no había podido darle detalles, solo que sería muy cara, pero que no había visto jamás nada parecido, había consultado y todos los conocidos del gremio estaban tan desconcertados como él, al preguntarle a la vieja solo le había dicho: es mi costurero, el que uso para hacer los vestidos a mis muñecas, te estoy cogiendo cariño Alicia, eres como una hija para mi, como una de mis muñecas, Alicia le sonrió con benevolencia, había aprendido el arte de convertir su cara en una máscara.

Acababa de tomar una determinación, la vieja tardaría mucho en morir, demasiado, le prepararía aquella “infusión” que tan bien le había ido en el pasado, solo unos sorbos y a la media hora estaba ya en el otro mundo, después, todo sería coser y cantar.

Aquella noche la oyó toser, fue a su habitación, la miró con dulzura y le dijo, no se preocupe Anita, voy a prepararle algo que le calme esa tos, fue a la cocina, preparó la infusión, una mezcla de té y poleo menta, añadiéndole cuatro gotas de “aquello” sería más que suficiente, le llevó la infusión, abrió la puerta, lo que vio la desconcertó totalmente.

Anita estaba de pié, sus muñecas con ella, todas la miraban fijamente, la taza se le cayó haciéndose añicos, solo oyó: te he adoptado, ya eres parte de la familia.

Lourdes había contestado al anuncio, el trabajo era bueno y la paga también, solo cuidar a una anciana, fue admitida de inmediato, la anciana le enseñó la casa, su colección de muñecas, una de ellas le llamó la atención, era bellísima, casi parecia que tenía vida, rasgos delicados, pelirroja, una nariz casi perfecta, labios carnosos, le comentó a la anciana: todas son muy bonitas, pero esta tiene algo especial, destaca sobre las demás, ¿tiene algún nombre?

Si, querida, Alicia.

Patricio

 

 

 

 

 

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