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Este cuento, del que muchos se adjudican la autoría, está en las mil y una noches,  lo he adaptado un poco a mi manera.

Érase una vez, hace muchos años, en Oriente, el la ciudad de Bagdad había un mercader llamado Bouazza, famoso por su bondad y honestidad, cualidad rara en este oficio,  este hombre  tenía un sirviente al que quería como un hijo llamado Abdul, el cariño entre los dos hombres era evidente, Abdul reverenciaba a Bouazza como a un padre.

Un día, Bouazza envió a Abdul al mercado, al almacén de su amigo Abdelatif a comprar sacos y tinajas para sus mercancías, Abdul iba pensando en sus cosas cuando se encontró con un personaje alto, con la cabeza y la cara cubierta, solo unos ojos como llameantes que lo miraban fijamente se vislumbraban tras el velo.

Abdul sintió un fuerte escalofrío por todo su cuerpo, con voz trémula le preguntó, ¿Quién eres?, ¡La Muerte! respondió el personaje, Abdul retrocedió, se dio la vuelta y empezó a correr hasta la tienda de su señor.

¿Qué te ocurre Abdul? Hijo mío, ¿Por qué tiemblas así?, ¡mi señor! He visto a la muerte, frente a frente, ¿seguro?, ¡segurísimo!, por la forma de mirarme me ha reconocido, os pido permiso para coger un corcel y escapar a Samara, ¡huye, hijo mío!, Abdul montó y salió galopando.

En cuanto Abdul se perdió de vista Bouazza se dirigió al mercado, estuvo paseando hasta que se encontró con La Muerte, se dirigió a ella y le preguntó, ¿Por qué lanzaste una mirada amenazadora a Abdul?, La Muerte respondió, no fue una mirada amenazadora, si no de sorpresa, al verlo aquí, en Bagdad, , pues esta noche tenía una cita con Abdul en Samara.

Patricio

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