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Así era Dolores, una estafadora legal, con grandes promesas engañaba a la gente para que trabajara para ella y a la hora de pagar resulta que no habías leído la letra pequeña y lo que te tocaba cobrar era una porquería miserable, ya te podías poner como quisieras, se ponía su máscara y ya está, estaba acostumbrada a ello.

Isaac había empezado a trabajar para ella sin sospechar nada, las condiciones habladas le habían parecido bien, estaba pasando un bache importante y tenía que acogerse a lo que fuera para sobrevivir en ese lapsus, no era su ideal de trabajo, pero era algo solo temporal.

Llegó el día de cobro, vio que había menos de la mitad del dinero pactado, pensó que era un error y fue a ver a Dolores, tardó poco en darse cuenta del engaño, le dijo ¿Y como arreglo yo ahora mis compromisos? ¿Cómo afronto mis problemas?, su respuesta fue automática, la de siempre: tú sabrás, tus problemas son tuyos, bastante tengo con los míos, Isaac se sintió ofendido, muy ofendido, notó como palidecía, un calambrín hizo aparición en la punta de las yemas de sus dedos, la miró, la señaló con el dedo y le dijo ¡púdrete cabrona!, le dio la espalda y sin mas se fue de allí.

Había pasado un mes, pero la sensación era como si hubiese pasado toda una vida, Dolores estaba desesperada, primero fue el problema de la sequedad de boca y del aliento, se convirtió en pestilente de un día para otro, el dentista estaba asombrado, conocía a la señora y su pulcritud, hacia dos meses había revisado su dentadura y estaba perfecta, nunca había visto algo así, es una especie de piorrea agresiva, se le estaba pudriendo la dentadura, nunca había visto tanta pus en una boca.

Primero empezó a caérsele algún cabello, pronto esos cabellos sueltos se convirtieron en mechones, tiraba un poco de ellos y se quedaba con ellos en la mano quedando en su cabeza un sarpullido sanguinolento, no había tenido otro remedio que comprarse una peluca, la cara que había puesto el dermatólogo la preocupaba en gran manera.

Le costaba caminar, en los pies le habían salido unas llagas purulentas, iba poco a poco, como podía, buscaba a Isaac, sabía que era el responsable de aquello, le quería pedir perdón, darle dinero y que aliviase su dolor, tal y como se lo había mandado, sin duda se lo podía quitar.

Allí lo vio, en la calle, sentado en un banco, jugando al ajedrez con su móvil, ¡Isaac!, ¡por favor, perdóname!, ¡ayúdame!, Isaac la miró con una mirada burlona, su respuesta fue: tú sabrás, tus problemas son tuyos, bastante tengo con los míos.

Patricio

 

 

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