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¿JUGAMOS?

No podéis verme pero estoy entre vosotros. No estoy en el plano de los vivos ni en el plano de los muertos. No he visto la luz ni a ningún Ser esperándome. Estoy en lo que llamo el Plano Ouija. A veces veo sombras furtivas pero no he logrado acercarme a ninguna de ellas. Puedo interactuar en vuestro plano. De hecho esta historia la estoy escribiendo en casa de un buen amigo de Barcelona. Estoy segura que la publicará y así puede que mi vuelta a vuestro mundo sea antes de lo esperado.

Todo empezó en el sur de Francia, un lugar que siempre me ha atraído por su historia. Cátaros, Templarios, Rennes Le Chateau con su párroco Sauniere y sus misterios, María de Magdala,… Me hospedaba en un hotelito, “La mansión Templaria”, y desde mi habitación, y entre los árboles, podía distinguir los picos del tejado de una casa. Durante el desayuno pregunté a Marguerite, una chica italiana experta en runas, si podía contarme algo de aquella construcción. Me dijo que llevaba más de cien años deshabitada, desde finales del siglo XIX. Había pertenecido a un inglés que, según se decía, se dedicaba a temas ocultos. Era extraño que después de más de un siglo la casa estuviera en buenas condiciones. Generalmente las casas abandonadas son victimas del vandalismo y solo quedan ruinas de tejados caídos. Pero aquella permanecía intacta. Hubo un tiempo, según cuentan en el pueblo, en que los turistas se acercaban a verla, pero hacía mucho que ya nadie se interesaba por ella. Marguerite me dejó sumida en mis pensamientos y con la curiosidad a flor de piel. Una casa abandonada, un ocultista, siglo XIX…, todos los ingredientes que hacían saltar mis resortes. Decidido. Dedicaría ese día a caminar hasta la casa y a ver que encontraba. La caminata me llevó varias horas más de lo que había calculado. Era increíble, más de cien años abandonada y se veía la fachada en perfectas condiciones. Di una vuelta a su alrededor y vi que tenía dos puertas de acceso. Agarré el pomo de la principal, a veces tengo percepciones, para comprobar si sentía algo. La puerta se abrió. Aquella puerta cerrada durante más de un siglo, ahora se abría para mí. Todo estaba en perfecto orden. Una ligera capa de polvo cubría los elegantes muebles ingleses que estaban de moda en el XIX. Paseé por la casa imaginando que era la dueña. Era mi sueño. Mesitas auxiliares con sus licoreras, libros amontonados junto a los sillones de sobrias  tapicerías,…, todo como si la vida continuase presente allí. Entonces escuché la voz. Era la voz de una niña, ¿quieres jugar? Me aburro. Juega conmigo. Hace mucho que no juego a nada y me aburro. Ven, por favor, ven. Curiosamente no sentí miedo. De hecho me sentía bien en la casa. Dirigí mis pasos hacia la vocecita que me llamaba con insistencia y entonces encontré la habitación… Quien había trabajado allí no era ningún aficionado. En las paredes estaban pintados símbolos astrológicos. El techo era una reproducción del cielo con sus constelaciones y en la mesa del fondo, la muñeca parlante que me había llamado, me ofrecía una preciosa tabla ouija para que jugara con ella. ¿Te atreves? Un par de ratoncitos disecados colgaban de su mano izquierda. Puedes utilizarlos como péndulos, el planchet se perdió hace mucho tiempo, pero puedes usarlos. Un antebrazo de hombre y su mano sujetaban la parte derecha de la tabla. Una caja, con un anillo entre las dos piernas de la muñeca parlante, exhibía la cara de la muerte. Ponte el anillo para jugar, me dijo, será más fácil. La calavera del Altar sonreía mirándome con su eterna sonrisa. Y jugué. Jugué como nunca lo había hecho. El anillo en mi mano brillaba como recién pulido. La cola del ratón entre mis dedos pulgar e índice parecía cobrar vida. Y pregunté. ¿Estás aquí? Sí. ¿Llevas mucho tiempo muerto? No estoy muerto. El ratón iba de una letra a otra sin a penas darme tiempo a leer. Y entonces sin yo preguntar nada el ratoncito comenzó a ir de una letra a otra como si el contacto tuviera mucho que contar y poco tiempo para hacerlo. Llevo aquí muchos años. No se cuántos pero muchos. Esperaba a alguien como tú. Compré estos objetos en Londres, en el mercado de Portobello en 1897. Era un lote que ofrecía un viejo judío a un precio irrisorio, la tabla Ouija, la muñeca parlante, el anillo, los ratones, el brazo y la calavera. Soy ocultista y estos objetos eran tesoros para mí. Me llamaron como te han llamado a ti. Y también jugué. Esta casa era donde realizaba mis experimentos. Es un lugar de poder. Los bosques que la rodean son aquellos donde los druidas realizaban sacrificios y yo realicé el mío. Ahora te toca a ti. Estaba absorta en la lectura y no me di cuenta de los imperceptibles movimientos del brazo hasta que sentí el contacto de la mano en mi muñeca. Quise saber como tú. Pregunté como tú. Y el brazo sujetó mi muñeca como ahora sujeta la tuya. El intercambio comenzó como ahora comienza el nuestro. El ratón se movía sobre las letras cada vez más rápido y un espeso humo gris comenzó a salir de la tabla. Aterrorizada observaba como mi brazo izquierdo se fundía con el humo haciéndose uno, mientras mi mano derecha seguía sujetando el péndulo con vida propia sobre la tabla. Y el humo avanzaba sobre mi cuerpo haciéndolo desaparecer a la vez que creaba un cuerpo nuevo. Un traje oscuro, con camisa de puño con gemelos iba naciendo sobre una fina mano con un anillo con la cara de la muerte. Y me hice humo. Ahora estoy aquí, en lo que llamo el Plano Ouija. Estoy entre vosotros y puedo interactuar. Un ocultista inglés se pasea entre los vivos mientras yo espero aquí. La muñeca parlante volverá a preguntar a algún curioso iniciado en ocultismo como yo si quiere jugar. Pero para eso puede pasar mucho tiempo. De momento espero y sigo viendo de vez en cuando alguna furtiva sombra a la que no consigo acerarme. He llegado a la conclusión de que si hay alguien más conmigo en este plano, debe haber más lotes vendidos por algún viejo judío. Espero que mi amigo de Barcelona publique este escrito y algún curioso lector iniciado en ocultismo quiera comprobar si la historia es cierta. Esto podría acelerar el proceso de intercambio.

Morrigan Mort

Fotografia Jose María Balagué

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