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La muñeca cayó en mis manos el día de mi primera comunión. Recuerdo ese día como si fuera ayer, a pesar de que ya han pasado varios años. Fue regalo de la tía Berta. La vieja y seca tía Berta, con su cara seca y su seco moño blanco. Tenía la costumbre de apretarme las mejillas cuando me hablaba y antes de entregarme su regaló también lo hizo. ¿Mira que bonita Marta, es tu muñeca de primera comunión. Es el regalo que más gusta a las niñas en este día tan especial. Mamá sonrío –¡Es preciosa! Si no fuera por los rizos rubios de la muñeca y tu pelo negro y liso, se diría que sois la misma. ¿Cómo piensas llamarla? Evangelina, le contesté, demasiado rápido quizá. ¿Evangelina? ¿No es el nombre de esa monjita que tan poco te gusta? –Sí mami, así igual quiero un poquito más a la monja, igual que pienso querer a mi muñeca. Nadie se dio cuenta que mientras decía eso a mi mamá, apreté con fuerza la mano de la muñeca. Tampoco nadie notó el ligero cambio de expresión de la cara de Evangelina. Esa noche, después de la celebración, cuando mami entró en mi habitación para darme el beso de buenas noches, yo estaba cepillando el pelo de la muñeca. ¡Marta, no cepilles el pelo

tan fuerte! ¡La estás dejando calva! No me gusta su pelo, quiero que lo tenga liso como yo. No me gustan esos rizos rubios. ¡Qué cosas tenéis los niños de hoy en día! Apaga la luz pronto y a dormir. Esa noche soñé que arañaba la piel rosada de mi muñeca y sangraba. ¿Por qué no tenía la piel blanca y pálida como la mía? Cuando desperté la arañé. La arañé con todas mis fuerzas. Me gusto ver su cara asustada. ¡Me gustaría arañar así a la monja y ver su cara como estaba viendo la de mi muñeca! No os lo creeréis pero Evangelina ya no sonreía como cuando me la dio la tía Berta. Ahora estaba seria y más pálida. Ahora se parecía más a mí. Si mamá encontraba la muñeca se daría cuenta del cambio, o no, a veces los adultos no se fijan en las cosas de los niños y no saben lo que se pierden… Escondí la muñeca en el fondo de mi armario antes de ir al cole. Cuando volví del  a la hora de la merienda, mamá me esperaba con la muñeca en la mano. Marta, eres muy descuidada, he encontrado la muñeca en el jardín. Está hecha un asco. Deberías ser más cuidadosa. Me llevé la muñeca a mi habitación. ¿Así que has decidido irte por tu cuenta? Tendré que atarte. Las muñecas buenas no se escapan de casa. Evangelina me miraba con los ojos desorbitados. Esa noche antes de acostarme até a mi muñeca. Vigila mis sueños Evangelina…, seguro que apareces en ellos. Soñé que clavaba un clavo roñoso que escondo en el fondo de mi cajón de secretos en la cara asustada de Evangelina. Antes de sonar el despertador me levanté. Saque mi clavo y la miré sentada en la silla. Había conseguido soltarse y alzaba su cruz de comunión como si espantara al diablo. Eres tonta Evangelina, ¿no te das cuenta que no me asusta tu cruz? Dale la vuelta antes de que te clave mi clavo roñoso. Invierte la cruz y quizá Satán se apiade de ti. Fue glorioso ver la cara de Evangelina. Me vestí, desayuné y salí disparada al cole. Cuando mamá entro en la habitación, encontró a Evangelina muerta. He tenido muchas más muñecas, todas rubias y con rizos, todas con el mismo nombre. Ahora ya soy mayor y tengo una nueva. Además esta Evangelina…,llora.

Morrigan Mort

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