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Adrián es un muñeco que nunca debió ser creado. Esa es simplemente una opinión personal. Transmite una energía propia, indefinible. Si eso es lo primero que uno siente al cogerlo, no quiero imaginarme lo que se debió sentir a lo largo del proceso de su creación. Acerca de su historia no voy a contaros nada, porque ya os lo han contado antes, sólo voy a intentar relataros lo que yo sentí.
La primera vez que lo vi, dormía plácidamente en su estantería…sería esta una bonita frase para empezar la historia….sólo que sería mentira… esa es sólo es la imagen que quiere transmitir, pero realmente Adrián observaba tras sus párpados cerrados todo lo que hablábamos y hacíamos en SU habitación. Me pareció que, en un momento determinado sonrió, pero no puede ser ¿verdad? Sólo es un muñeco, los muñecos no sonríen, no se mueven, no escuchan…no, los muñecos no, Adrián sí.
Esa noche decidí dormir en esa habitación. Eran las 4 de la mañana, sinceramente me había olvidado de su presencia. Caí en la cama rendida y dormí profundamente, no recuerdo qué soñé. Me levanté muy temprano a la mañana siguiente, así que es normal que no me acordara de él. Hasta que Naikari me dijo “no has cogido aún a Adrián, vamos”. Nos quedamos paradas en la puerta. Adrián había variado su posición, su cabeza miraba directamente a mi cama. “¡Me has estado vigilando¡” le dije. El muñeco sonrió. Sí, lo repito, el muñeco sonrió. No estaba sola en esa habitación, Naikari y yo nos miramos….”ha sonreído” me dijo. Me acerqué a él y le cogí en brazos. Desprende vida y calor, no sé cómo puede ser, pero eso es lo que sentí. Lo mecí con la misma ternura que mecía a mis hijas y le dije, “todo está bien, pequeño, tú no tienes la culpa de nada”. Le tuve un buen rato en brazos, alguna vez sonreía, Naikari lo vio igual que yo. Le besé y le acuné.
Adrián es muy especial, no acepta a todo el mundo según me dicen, pero los dos estábamos en paz. Volvimos a dejarlo en su estantería, dominando la habitación y la casa, vigilando todo como siempre hace, el pequeño guardián de Patricio. ¡Ay de aquel que quiera acercarse a su dueño, a su padre! O cuentas con su bendición, o quién sabe…
Horas más tarde, cuando volvimos de dar un paseo por Barcelona, le saludamos al entrar (siempre hay que hacerlo) Naikari y yo le vimos sonreír de nuevo. Obviamente Patricio no nos creyó, el pequeño Adrián nunca, nunca, se mueve delante de él. Pero en cuanto salió de la habitación volvió a sonreír. Tengo que confesar que me hubiera pasado horas con él en brazos, a mí, que no me gustan los muñecos, me entraban unas ganas enormes de tenerlo en cogido, simplemente porque es algo más que un muñeco, no podría decir qué es pero sí puedo decir lo que no es: no es un muñeco normal, no, no lo es.
Esa misma tarde pude comprobar el carácter especial de Adrián. Lo sé, carácter especial, o bien se me ha ido la pinza o bien hay cosas que no se pueden explicar, puedes pensar lo que quieras, yo sólo te cuento lo que viví, y afortunadamente había más personas en esa habitación. La cuestión es que llegaron Cris Lyn y Raimons, así que decidí sacar a mi pequeño (con permiso de Patricio y de él mismo, obviamente), para ver qué le parecía la visita, sí, he dicho mi pequeño…tampoco puedo explicar por qué lo he dicho, ¡cuántas cosas sin explicación¡ Le tuvimos todos en brazos, cada uno sintió sus propias sensaciones, y el pequeño muñeco estaba feliz de tantas atenciones, yo alargué el tiempo de tenerlo en brazos tanto como pude y lo besé al llevarlo a su cuarto. Los dos estábamos felices.
Una locura todo este relato, lo sé, pero así lo sentí. Ese muñeco es muy especial, qué le hace diferente, no lo podría asegurar. Yo pienso que tal vez sea simplemente que nunca debió ser encargado, que nunca debió ser hecho, que se quedó en un limbo entre su verdadero yo y su imagen permanente en esta tierra, que a veces se pregunta dónde está su lugar, si más allá con su verdadero yo, o entre nosotros con una misión determinada, desconocida para mí, tal vez tenía una misión pero encima renegaron de él, quién sabe…supongo que nunca lo sabremos, que cada uno tiene sus propias ideas, de la misma manera que sienten cosas distintas al cogerlo. Sólo puedo decir que yo me quedé prendada de ese pequeño canalla y que me costó despedirme de él y estoy deseando volver a cogerlo y volver a decirle “tranquilo, pequeño, tú no tienes la culpa de nada, nunca olvides eso y, ahora, descansa mi pequeño Adrián”

Gla Dys

 

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