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La adivina de Josefina y Napoleón: Marie-Anne Adelaïde Lenormand fue una famosa vidente y cartomante francesa que tuvo como clientes a las figuras más influyentes de su época. Nació en 1772 en Alençon, Normandía, en el seno de una familia humilde. Sus dotes adivinatorias irrumpieron con notoriedad ya a temprana edad; se dice que a los 7 años predijo la destitución de la superiora del convento de Benedictinas donde estudiaba, nombrando detalladamente la edad, características, títulos y antecedentes que tendría su sustituta.

Dicha predicción, para el asombro de sus compañeros, acabó cumpliéndose a los 6 meses siguientes. Más tarde se trasladó a París donde una cartomante reconocida ( Madame Gilberte) percibió su enorme talento y la instruyó en las técnicas adivinatorias del tarot de Etteilla. Al poco tiempo, Lenormand se estableció por cuenta propia en la calle Tournon numero 5, bajo el oficio de “librera” puesto que la adivinación no era una profesión reconocida por las leyes. En cada tirada procedía con el mismo ritual: pedía la mano izquierda del consultante mientras al mismo tiempo le sometía a preguntas tales como la edad, fecha de nacimiento, primera letra de su nombre, primera letra del lugar donde había nacido, qué tipo de animales le gustaban, cuales aborrecía, etc. Después de ese interrogatorio, que por lo general duraba sobre un cuarto de hora, obligaba al cliente a cortar el mazo con la mano izquierda y procedía con una lectura detallada y profunda de su pasado, así como no menos detalles sobre su futuro.

En poco tiempo, la gente se agolpaba ante su negocio para conocer su destino; entre ellos nos encontramos a María Teresa de Saboya, princesa de Laballe, a la cual predice su muerte; o dos de los soldados que participaron en la toma de la Bastilla en 1792, Hoche y Lefebvre. Al primero le augura un ascenso fulgurante seguido de una muerte por envenenamiento, y al segundo le predestina el puesto de Mariscal de Francia. No obstante, sus certeros vaticinios no estaban exentos de acarrearle problemas, como el sufrido ante 3 de los líderes revolucionarios de la época —Marat, Robespierre y St Just— que con nula creencia en sus artes pero con ganas de divertimento, acuden a su establecimiento y le conminan a que prediga sus futuros. LeNormand, inicialmente se niega a seguir con la consulta permaneciendo un largo tiempo en silencio, temerosa de relatar lo visto, pero finalmente y ante las suplicas de estos, se avino a predecir con absoluta fidelidad cronológica, el fallecimiento de los 3 . La repentina muerte de Marat, provocó que los dos restantes incrédulos tomasen precauciones con la adivina, lo cual llevó a LeNormand al presidio, y seguramente a su ejecución, si no fuese porque se cumplió la otra parte de su vaticinio: la muerte de Robespierre y St. Just. El zar Alexander, Madame Tallien, Barreres, fueron otros de los muchos aristócratas que hicieron uso de sus servicios en la calle Tournon.

A pesar de ello, posiblemente los vaticinios más célebres y reconocidos hayan sido los realizados a su clienta más fiel: Josefina de Beauharnais, noble francesa de origen criollo, quien tras el fallecimiento de su primer marido, y aun en reciente luto, decidió visitar a Anne Marie para conocer su devenir amoroso. —Vuestro dolor es justo, pero debiais esperar, señora, el golpe que os ha herido: este dolor era indispensable para la realización de una profecia que se os hizo tiempo atrás — ¡Cómo sabéis vos….!? —gritó atónita la joven Josefina. — Sé que una alta fortuna os fue pronosticada— respondió la adivina. — ¿ Y la predicción…? — Se realizará. En efecto, este hecho había sido predicho tiempo atrás, cuando Josephine, una ferviente creyente de las ciencias ocultas, había consultado en su tierra natal a una hechicera martinica. Pero es a partir de una segunda consulta en la que acude ya el nuevo amor de Josefina, y al que la vidente predice un ascenso al poder, cuando se forja una sólida amistad entre ambas mujeres con un constante intercambio de correspondencia y visitas.

Desafortunadamente, tal amistad provocó que LeNormand, y ya con Napoleón en el trono, diese otra vez con sus huesos en la cárcel cuando predijo el divorcio entre la pareja. A pesar de ello, su estancia en el presidio fue corta, dado que la adivina contaba ya con importantes influencias entre sus amistades. LeNormand se retiró a su ciudad natal con una fortuna de más de 500.000 francos, rehusando volver a tirar las cartas. Tras su muerte en 1843, su nombre fue utilizado en varias barajas de cartomancia, incluyendo una baraja de 36 cartas ilustradas, conocida como la Petit Lenormand o simplemente cartas Lenormand , que todavía se utiliza ampliamente en la actualidad. No es poca la ambigüedad que despertó tal figura entre los tarotistas. Como escribió Eliphas Lévi 11 años después de su muerte: “LeNormand, la más celebre de nuestras modernas adivinas, no fue instruida con la ciencia del tarot, o al menos lo conocía sólo por derivación de Etteilla, cuyas descripciones son sombras sobre un fondo de luz. No sabía ni alta magia, ni Kabalah; su cabeza estaba llena con una mal digerida erudición. Intuitiva por instinto, este raramente le engañaba. Los trabajos que deja tras de sí son payasadas legítimas adornadas con las clásicas citas; pero sus oráculos, inspirados por la presencia y el magnetismo de quienes la consultaban, fueron a menudo asombrosos…”

Feli María Serrano

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