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De jovencito hay muchas cosas que te afectan, era el caso de Amadeo, se avergonzaba de su madre, trabajaba en un colegio de Galicia, ella decía que hacía servicios complementarios, la verdad es que la veía como una fregona, una sacamierda, todo hubiese sido normal a no ser por su ojo de cristal.

Estudiaba en aquel colegio gracias a la beca que le habían dado a su madre como trabajadora de la institución, él odiaba aquel lugar, a sus compañeros y sobre todo a su madre, la causante de todos sus problemas, a ambos los tenían bautizados, “la pirata”, “la del ojo desvirgado”, “la canica ciega”,  “el hijo de la tuerta”, “el sacamierda pequeño”, “el hijo de la gusana ciega” y muchos otros que se les iban ocurriendo día a día.

¡Como la odiaba!, le gustaría verla muerta, así se acabarían sus desdichas, la miraba con desprecio, ¡maldita tuerta asquerosa!, ¡como deseaba escapar de allí!, a un lugar donde no le relacionasen con ella.

En cuanto cumplió la mayoría de edad se fue a vivir a Madrid, combinó los estudios con el trabajo, perder de vista a su madre le daba fuerza para todo, cuando le preguntaban por su familia decía con orgullo disimulado que era huérfano.

Había conocido a Marisa, se habían casado y habían formado un hogar, dos hijos habían sido el resultado de su amor, tenían ya 3 y 5 años, vivían en un chalet, las cosas les iban bien, se había hecho a si mismo, había forjado su propio destino, como él decía: “con un par de cojones”.

Una tarde, estando en el porche jugando con sus hijos, por sorpresa apareció su madre, los niños se fijaron en el ojo de cristal de la mujer y empezaron a llorar, Amadeo se enfureció, ¡¡señora!!, ¡váyase de aquí!, ¿no ve que asusta a mis hijos?, vaya a pedir limosna a otra parte, la mujer respondió: lo siento, me he equivocado de dirección, dio media vuelta y se alejó renqueando.

Había pasado el tiempo, su economía no era tan boyante, si no mas bien desastrosa, las deudas empezaban a acumularse, Marisa ya no lo miraba igual, cosas de la crisis, esa tarde había recibido el requerimiento del notario, su madre había fallecido y había dejado algo para él, sonrió y pensó: ¡las joyas!, y algo que tendría ahorrado, todo el mundo sabe como son los gallegos.

El notario le entregó un sobre, le hizo firmar el recibí, Amadeo lo abrió y leyó lo siguiente:

Queridísimo hijo: Lamento mucho haber asustado a tus hijos, no era mi intención, solo quería verlos, veros a todos antes de morir, el deseo de una pobre vieja, eres mi orgullo, ¡donde has llegado!, ¡tú solo!, fuiste mi bendición, recuerdo cuando naciste, lo travieso que eras, aquel terrible accidente que te dejó sin un ojo, no podía permitir aquello, si alguien debía llevar un ojo de cristal, era yo, por eso te di el mío, cada vez que me insultaban o se reían, mi corazón se alegraba de haberte librado de aquello, para que vieras la vida a través del ojo de tu madre, con amor, con el amor que solo una madre es capaz de sentir y de transmitir.

 

Patricio

 

 

 

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