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Dicen las leyendas que hay unos demonios llamados íncubos y súcubos que toman forma humana, aparecen durante el sueño convirtiendo el mismo en una sesión de placer desenfrenado, íncubo en forma de hombre, súcubo en forma de mujer, dicen esas mismas leyendas que hay un precio a pagar, te roban la energía durante el acto sexual, se convierten en imprescindibles y en tercer acto mueres.

Eso había leído Mercedes en una revista esotérica, la idea se había fijado en su pensamiento, ¿y si fuese verdad?, total, por imaginar, poder conjurar un personaje que me diese un placer brutal, algo para vivir, aunque fuese una vez, solo pensarlo humedecía, las experiencias hasta el momento no habían sido demasiado satisfactorias y ya tenía 42 años, ¡ay!, ¡lo que daría yo por una noche de placer desenfrenado, algo que me arrastrase hasta la locura, poder decir ¡ya no puedo mas!,bajó la mirada, apretó los puños y susurró: ven a visitarme.

A Mercedes le había costado dormirse, poco a poco se fue relajando y al final sus párpados cayeron, entre sueños notó la presencia, no podía despertar, la escena se desarrollaba entre sueños y realidades, un personaje alto, moreno, de ojos color cereza acariciaba lentamente su cuerpo desnudo, sus pezones endurecieron, las manos poco a poco fueron acercándose a su sexo, su vientre tembló, notó como la cabeza del hermoso personaje descendía lentamente por su cuerpo lamiéndolo, saboreando cada rincón del mismo.

Notó como metía la cabeza entre sus piernas, lamiendo su sexo lentamente, con dulzura pero con pasión, la lengua se dirigió a su clítoris,  los dedos de una mano jugaban con su vagina mientras con la otra la acariciaba, sus piernas, su vientre, sus pechos, el tiempo había perdido sentido, estallando en un último orgasmo totalmente empapada, entonces, el personaje la poseyó, notó dentro de ella un pene muy frío, pero tremendamente satisfactorio, no podía parar de moverse, cayó como desplomada, rendida,  y despertó jadeando.

Al día siguiente se encontraba mal, agujetas por todo el cuerpo, se sentía como si hubiese envejecido 10 años, fue al baño, se miró en el espejo, ¡dios mío!, estaba horrible, sus facciones estaban mas ajadas, mas mustias, y esas horribles ojeras escondían una mirada apagada, recordaba la sensación pasada por la noche y se estremecía, conforme pasaba el día no podía pensar en otra cosa, tenía que repetir la experiencia, su cuerpo se lo reclamaba con gritos sordos, agachó la mirada, apretó los puños y susurró: vuelve esta noche.

Estaba acostada, a punto de caer dormida cuando notó el olor, el personaje estaba de pié, desnudo, alto, fuerte, esos ojos de color cereza mirándola, ese gran pene en erección, se acercó dulcemente a ella y le dijo: relájate, déjate hacer, cerró los ojos, la sensación era como si multitud de manos recorriesen todo su cuerpo, como si varias lenguas devorasen todos sus orificios, hasta remover sus entrañas de placer, como si varios penes la poseyeran, la sensación de frío, de ardor, ese deseo incontrolado encadenando orgasmos hasta la locura, hasta el desgarro.

Ya había pasado la noche, Mercedes estaba delante del espejo, estaba desconocida, envejecida, agrietada, exhausta, sabía que era su último día en esta vida, sabía lo que pasaría esta próxima noche, el ser la consumiría, pero no podía hacer otra cosa, miró hacia el suelo, cerró los puños y susurró: vuelve esta noche.

Patricio

 

 

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