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Se llamaba Gordon, su nombre por si mismo ya tenía un significado,”el de la colina”, era druida, había algo peculiar en él, su bastón de siete nudos, mágico por si mismo, pues se compone del sagrado número 3 con el terrenal número 4, los cuatro elementos, los cuatro puntos cardinales, estableciendo así un puente entre lo terrenal y lo celestial, era su báculo de poder, con el que a la vez podía bendecir o maldecir dependiendo de la circunstancia, cuando maldecía corrían rápido a disculparse humillarse o lo que hiciese falta, pues o te la quitaba o habían consecuencias.

Su gran pasión era el mar, fuente de vida, esa sensación de inmensidad, el olor, el sonido, su armonía, así como su misterio, su brío, sus cambios, pensaba: “algo tiene el mar, que podría estar eternamente junto a él, por la noche solía seguir el sendero con su lámpara, hasta el acantilado, a sentir el océano, le transmitía sensaciones, paz, alivio, claridad, la capucha de su capa era como una concha marina y su búho, su inseparable y querido Marvin, es el nombre que le puso, “amigo del mar”.

Decían los mas ancianos del valle que siempre le habían recordado igual, desde pequeños recordaban ya a Gordon como anciano, desde siempre con Marvin, como si fuese parte de él, de su misterio, de su leyenda, como si el tiempo tuviese un significado diferente para Gordon, decían que su faro era mágico, maravilloso, que contenía protección y conocimiento, perseverancia y paciencia, consejo y consuelo, una llama en la oscuridad, pero lo cierto es que no era el faro, era Gordon mismo, su energía era la luz que iluminaba, una señal, el punto de luz en la noche mas cerrada.

Muchos recurrían a él, por sus conocimientos, por sus remedios, por su sabiduría, rumoreaban  que tenía un pacto con Donn (el oscuro), dios de los muertos, del que todos descienden, el concepto que tenía del amor era como algo perdurable, basado en la renuncia, en la entrega, en el conocimiento y en la experiencia.

Mas que un hombre era un símbolo, a su vez todos le protegían, velaban por él, como se venera a un anciano, a un padre, era como el pastor que cuida su rebaño, el que cura las heridas, las de la accidentada, la perniquebrada o la desconsolada, era como si con su luz emitiese una señal, como si marcase un camino, como si lanzase un mensaje a tu alma diciendo, ¿estás extraviado?, acércate, ven a mi, te iluminaré y te indicaré el camino a seguir, la pócima que tomar, el remedio adecuado, para sanar tu cuerpo y tu alma.

Este escrito es mi homenaje a Lun Bea, miembro de nuestro grupo de magia, es quien ha hecho este dibujo, versionando así su Ermitaño, todo esfuerzo merece como mínimo un reconocimiento y agradecimiento.

Patricio

 

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