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El Carro, vendría a ser como un argentino que conocí una vez, pues mi prima Paola se había enamorado de él, Paola tiene una floristería, está separada, sin hijos, y allí, entre medio de sus flores conoció a Alfonso, como ella explicaba sin parar, un flechazo instantáneo, cuando ya no esperas nada en ese aspecto.

Todos tuvimos nuestra dosis de Alfonso, incluso yo, que soy un poco antisocial, los recibí en mi casa para una cena, el tío era guapo, mucho, alto, rubio, con porte, como el príncipe del arcano VII, y llegaron con su Carro, un señor vehículo, Paola parecía una princesa nerviosa.

El tío  me ganó de entrada, el apretón de manos, la sonrisa, su mirada dulce y amigable, unos 38 años, el pelo, un poco largo, pero le quedaba muy bien, se me encendió una luz roja, ¡cuidado! Paso número 1 para ganarse a alguien, la adulación disimulada, principio básico de mentalismo, pero pensé, bah, manías mías, siempre estás pensando en lo mismo, ya estás. etiquetando por prejuicios.

Estuvimos hablando de todo un poco, nos habló de Argentina, tierra de oportunidades, de los amaneceres, de La Pampa, todo muy ameno, su cultura era amplia, a Paola se le caía la baba mirándolo, lo que yo calculé un par de horas, se alargó hasta las 4 de la madrugada, nos despedimos, la velada había sido tremendamente agradable.

A los pocos días de esta velada, saltó la noticia, Alfonso había desaparecido, Paola estaba desesperada, su madre nos informó, le había entregado sus ahorros para montar en Argentina un negocio de flores a lo grande, no había sabido nada mas de él, entonces empezó a coger mas sentido la carta El Carro, las máscaras que había utilizado para engañar a todo el mundo y algo llevaba oculto, como el huevo de su mano, en este caso, no la magia oscura, sino la parte oscura de si mismo.

Pidió que le tirara las cartas, no hacía falta, de Alfonso, lo único que quedaba era el recuerdo de su fachada y la huellas de su carro.

Patricio

 

 

 

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