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París, 1642

 

M nombre es Amalia, con siete años me quedé huérfana, hacía ya medio año, me pasaba el día  pidiendo limosna por las calles de París, el hambre y el frío eran mis eternos compañeros, allí, removiendo entre la basura me encontró Catherine Desayes apodada por todos “La Voisin”.

Era una mujer rolliza, mofletuda, me vio, sucia, rebuscando entre porquería, y lanzó un exabrupto, ¡asquerosa niña!, mejor harías en pudrirte sobre ese estercolero.

La rabia inundó mi alma, no pude contenerme y le dije con toda mi rabia: vieja asquerosa, los cuervos sacarán tus ojos y las bestias se comerán tu carne, pero no morirás rápido, sufrirás.

Catherine me miró con curiosidad, de repente se puso a reír, me preguntó, ¿Cómo te llamas?, Amalia, necesito una aprendiz que me ayude, te daré comida y una cama para dormir.

La esperanza renació en mi corazón, lo que había soñado tantas noches, era todo lo que quería, no la defraudaría, aprovecharía aquella oportunidad, sin duda, mamá estaba cuidando de mi desde el cielo.

Había pasado casi un año desde el encuentro, Catherine era el demonio, preparaba venenos que después vendía a los ricos, los llamaba polvos para heredar, y a mi me utilizaba para atraer niños con promesas de juegos y comida, después ella los mataba, descuartizaba los cadáveres, hervía la grasa para hacer cera y con ella unas velas especiales, los huesos los trituraba para hacer polvo que después utilizaba para sus pociones.

Al principio, estas prácticas me parecían horrorosas, pero poco a poco aquello fue gustándome, de vez en cuando, cuando estaba muy satisfecha con mi labor, me daba unos cachetes en las mejillas, alguna moneda, y riendo decía: toma, para que te hagas el ajuar, eres una buena aprendiz.

Catherine hacía que compartiese lecho con alguno de sus clientes, personas distinguidas, no olían como los harapientos que corrían por las calles, estos eran señores, y aparte del dinero que le daban a Catherine, siempre me daban alguna moneda para mi, aprendí rápido el arte de dar placer.

Recuerdo aquella mañana, llegaron los soldados con el juez, lo revolvieron todo, encontraron los restos de los cadáveres, se la llevaron a golpes y a mi le llevaron a la casa del rector, ¡pobre niña!, ¡lo que habrás tenido que sufrir!

El rector consiguió que viese a Catherine en su celda, la noche antes de ser guillotinada, no parecía preocupada, me dio unos cachetes en la mejilla y me dijo: Amalia, te he enseñado todo lo que debes saber, eres lista, estoy orgullosa de ti, mañana nos fundiremos en un solo ser

Fue una sensación rara, asistí a la ejecución, como todos, Catherine estaba de rodillas, esperando que cayese la cuchilla, me miró, sonrió, calló la cuchilla y la cabeza se separó de su cuerpo.

Ya de vuelta con el rector, me dijo: hija mía, ahora empieza para ti una nueva vida, no pude menos que sonreír, pensar en Catherne  y decirle: lo se, padre, lo se.

Catherine Desayes, apodada la Voisin, fue la mayor envenenadora en aquellos tiempos, el resto es novelado

Patricio

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