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Escitia, a orillas del Mar Negro, siglo VI AC.

 

Mi nombre es Josefus, soy britano, junto con mi siervo Patricio viajo por mar y comercio con grano y vino, una tormenta espantosa nos llevó a la costa del Mar Negro, por un momento nuestros corazones estaban contentos, ¡habíamos sobrevivido!, parecía un milagro, los  tres marineros que nos acompañaban habían muerto, pisar tierra firme fue un gran placer, encendimos una fogata, nos sentamos bebimos ron y celebramos nuestra suerte.

De repente, como salidas de la nada, unas mujeres con un aspecto temible, las puntas de sus lanzas tocaban nuestros cuerpos, fui a decir algo y recibí una dolorosa bofetada en la boca, con un signo de “mejor cállate” el cuan entendí rápidamente.

Fuimos trasladados sin ningún miramiento y bajo sus amenazadoras lanzas a un poblado, todo eran mujeres, había oído hablar de ellas a otros comerciantes, son las “androktones”, (asesinas de hombres), también llamadas por los hispanos. “amazonas”, (a = sin, mazon= pecho, teta, por eso hay una marca que las distingue, tienen todas un pecho amputado.

La reina esperaba sentada en su trono, protegida por sus guerreras, con  miradas dirigidas hacia nosotros, de furia burlesca, de menosprecio, la reina dijo algo y fuimos trasladados bruscamente a una mazmorra de adobe, allí vimos otros prisioneros, todo hombres, sus miradas parecen vacías, agotadas, extenuadas, sin esperanza.

Se escuchó un gran alboroto, gritos y risas, la puerta se abrió, dos guerreras nos obligaron a salir, a Patricio y a mí, nos trasladaron a una Haima, como llaman a sus tiendas, allí nos obligaron a desnudarnos, se desnudaron, nos lanzaron sobre  unos camastros y nos poseyeron, fue un buen momento, el sexo alivia tensiones, lo malo fue después, entraron otras dos, al intentar explicar que necesitábamos un tiempo de reposo nos amenazaron muy explícitamente con atravesarnos con sus lanzas, fue costoso y a duras penas pudimos acabar.

Cuando pensábamos que aquello por fin había acabado entraron otras dos, con lágrimas en los ojos y suplicando explicamos que estábamos extenuados, que no podíamos, nos miraron con desdén y nos llevaron a la a una parte del poblado, allí nos mostraron unas picas clavadas en el suelo, y en su punta, cabezas de hombres, lo entendimos rápido, eran algunos de los que no habían podido más.

Con las piernas temblorosas, y el agarrotamiento general, rezamos fervorosamente a Zeus para que nuestro instrumento funcionase una vez mas, el terror lo hizo posible, y por fin fuimos trasladados a las benditas mazmorras.

Llevamos aquí ya tres días, estamos esclavizados, Octavio, otro preso nos habla de ellas, lleva ya dos semanas, tiene veinte años y parece que tenga cuarenta, dice que ellas disparan el arco, lanzan la jabalina, luchan con espada y montan a caballo con el viento como compañero, no entienden de tareas domésticas, estas son para los esclavos, ¿y si no aguantas tanta embestida erótica?, ¿entonces que pasa?, o te cortan la cabeza y la clavan en una pica, o te capan, te trasladan a la otra mazmorra y serás utilizado solo para el servicio doméstico, depende del rendimiento que hayas dado.

Si alguien lee esto, le ruego nos rescate, le pagaré largamente, lo que me pida y más, cada vez que se abre la puerta de la mazmorra rogamos que sea para las tareas domesticas, y no para lo otro, cada día que pasa nos escasean mas las fuerzas, ayuda, por favor.

Josefus y Patricio

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